Reportaje

La carrera más mortal de la historia: París-Madrid de 1903

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10 de mayo, 2020

En 1903 tuvo lugar una carrera entre París y Madrid que prometía ser uno de los grandes acontecimientos deportivos. Por desgracia, la tragedia se cebó en ella hasta el punto de tener que ser interrumpida.

No es una casualidad que en la actualidad, las carreras más importantes del mundo se lleven a cabo en Francia: Las 24 Horas de Le Mans y el Rally Montecarlo. El país vecino fue pionero en hacer competiciones con aquel nuevo invento llamado automóvil. España también era un país puntero a comienzos del siglo pasado. De hecho, hasta el inicio de la Guerra Civil, nuestro parque automovilístico era de los más numerosos de Europa.

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Las primeras carreras de automóviles tenían un formato parecido al de las vueltas ciclistas. Se corría por carreteras abiertas y se cubrían largas distancias entre capitales. En 1903, los clubes de automóviles de España y Francia se pusieron de acuerdo para celebrar una importante carrera que uniría París y Madrid.

La convocatoria fue un éxito y se inscribieron más de 300 participantes y el 24 de mayo de 1903 había nada menos que 232 vehículos esperando en Versalles para tomar la salida. La carrera tendrá 4 categorías en función del tipo de vehículo participante:

  • Motocicletas
  • Vehículos muy ligeros: menos de 400 kg
  • Vehículos ligeros: de 400 a 650 kg
  • Vehículos pesados: de 651 a 1.000 kg

El primero de ellos tomará la salida a las 3:45 de la madrugada, a los que seguirán uno por uno el resto de participantes a intervalos de un minuto entre cada uno. Pese a la intempestiva hora de salida, más de 30.000 personas se agolpan para ver el espectáculo.

No era para menos. La carrera se promocionó muy bien a nivel publicitario, describiéndola como la carrera más dura de la historia, y los premios eran muy generosos, siendo el más importante la Copa del Rey de España, que, además de un premio en metálico, tenía un trofeo de 1 metro de altura valorado en más de 4.000 pts de la época.

Para hacernos una idea de lo costosa que sería esta carrera, sólo la gasolina importada para suministrar a los participantes tuvo un coste de 60.000 francos de la época. Michelin era otro patrocinador que añadía 700.000 francos y ofrecía un franco por cada kilómetro recorrido con sus neumáticos a los participantes… no se escatimó en nada.

La convocatoria fue todo un éxito y la expectación creada también, pero la felicidad pronto se acabaría.

La carrera París-Madrid de 1903: muertos y famosos

El accidente de Marcel Renault fue mortal.

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A nadie se le escapa que poseer un automóvil en 1903 está sólo al alcance de personas adineradas o de mecánicos que se lo habían construido ellos mismos de forma artesanal. Básicamente ésos son los perfiles de la mayoría de los participantes en la carrera. Entre los inscritos figuran nombres como Louis y Marcel Renault (dos de los tres hermanos fundadores de la marca Renault), Williams K. Vanderbilt, Vincenzo Lancia (fundador de Lancia), Charles S. Rolls (cofundador de Rolls Royce)…

La carrera estaba previsto que se dividiese en 3 etapas con un total de 1.307 km (una distancia épica teniendo en cuenta la fragilidad de los coches de aquella época):

  • Versalles-Burdeos: de 552 km
  • Burdeos-Vitoria: de 335 km
  • Vitoria-Madrid: de 420 km

En cada coche van dos personas: el piloto y el mecánico. Los coches son todavía un artefacto en pañales, su conducción es muy complicada y el piloto no tiene tiempo de hacer todo el trabajo y, además, estar pendiente de la mecánica. Aquí el copiloto no va cantando las curvas ni el recorrido, tiene que estar atento a la lubricación, presurizar el depósito de combustible para que siga llegando al motor la gasolina… En definitiva, hacer lo posible por mantener en marcha el aparato.

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Pese a estar en 1903 y ser los coches muy arcaicos, algunos de ellos ya alcanzan velocidades alrededor de los 150 km/h. No eran tan lentos como podríamos pensar, el problema era pararlos. La mayoría sólo contaban con frenos en las ruedas traseras, poco eficaces además. Para colmo, las carreteras no estaban asfaltadas, así que, aunque sólo fuesen a 80 km/h, ya era una velocidad extraordinaria teniendo en cuenta las condiciones en las que corrían.

Aunque cada participante sale con un minuto de diferencia, los dorsales se otorgaron por orden de inscripción, de modo que no están organizados por categorías ni niveles de prestaciones. Esto hizo que los adelantamientos empezasen muy pronto debido a la enorme diferencia de prestaciones entre unos y otros.

Las desgracias comienzan apenas media hora después de darse la salida. La primera víctima es una mujer que fallece al ser atropellada por uno de los participantes a 60 km de la salida, pero la seguirían muchos más. Los propios participantes empiezan también a sufrir accidentes que son mortales. Piloto y copiloto van sin ningún tipo de protección más que unas gafas y una capa de cuero para protegerse de las piedras que otros vehículos proyectan, pero ni casco, ni cinturón de seguridad… las salidas de pista y los vuelcos son mortales.

El piloto y el mecánico iban protegidos sólo contra las piedras que proyectaban los demás coches, pero sin casco, ni cinturón de seguridad… nada.

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Entre los fallecidos están el piloto y el mecánico del coche con el dorsal 63, conducido por Marcel Renault. Su hermano Louis, que también participa, no conocerá la noticia de la muerte de su hermano hasta finalizar la carrera.

A medida que pasan los kilómetros y las horas las noticias no pueden ser peores y la carrera se convierte en una auténtica carnicería. Las malas noticias vuelan y son tan alarmantes que se organiza un consejo de ministros de urgencia en el que se decide suspender la carrera a la llegada de la primera etapa y llevar a los participantes a territorio español para que continúen allí el resto de la prueba. El gobierno español se niega a esta solución y los organizadores se ven en la obligación de suspender la prueba y darla por terminada tras la llegada a Burdeos.

La meta de Burdeos la cruzan sólo 99 de los 232 participantes. Afortunadamente, la mayoría de los abandonos son por averías y algunos por accidentes leves, pero por el camino se han quedado 8 vidas y más de 100 heridos y mutilados.

El primero en llegar a Burdeos fue el Mors pilotado por Fernand Gabriel con un tiempo de 5 horas y 14 minutos.

El segundo (a 15 minutos del primero) fue Louis Renault, que se enteraría en ese momento del grave accidente de su hermano, que fallecería un día después a causa de las lesiones.

El tercero fue otro Mors, pilotado por Jaques Salleron, a 32 minutos.

París-Madrid de 1903: por qué tantos accidentes y consecuencias

Los accidentes fueron muy numerosos por varios motivos.

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Nunca hay una única causa para un accidente sino una coincidencia de varios factores. En el caso de la fatídica carrera París-Madrid de 1903 se juntaron demasiados ingredientes para que la catástrofe llegase.

La primera de ellas es que los coches eran mucho más rápidos de lo que se pensaba. Si tenemos en cuenta que el primero en llegar a Burdeos cubrió los 552 km en sólo 5 horas y 14 minutos, esto quiere decir que su velocidad media fue de más de 100 km/h por carreteras abiertas, sin asfaltar, repletas de público, animales, pueblos y ciudades a su paso.

La segunda, vinculada con la primera, fue que los organizadores no separaron en categorías a los coches en la salida, de modo que los adelantamientos fueron mucho más frecuentes de lo que se imaginaban dejando un minuto de margen entre cada participante.

El tercero fue el polvo. Los días previos a la carrera fueron muy secos y los coches levantaban espesas nubes de polvo que reducían la visibilidad. Esto era especialmente peligroso porque provocaba que los espectadores se echasen a la pista para tratar de ver a los bólidos y que los coches no viesen ni a los espectadores ni al resto de vehículos, favoreciendo los atropellos y las colisiones.

El cuarto fue la falta de comisarios y personal de la organización para velar por la seguridad de unos y otros en los diferentes tramos del recorrido. La policía fue duramente criticada por estar más pendiente del transcurso de la carrera que de garantizar la seguridad de la prueba. Por ejemplo, el accidente del Wolseley de Porter fue provocado por una barrera de un paso a nivel que estaba bajada sin que estuviese pasando ningún tren por el cruce en ese momento.

En realidad, podría decirse que el problema principal fue la inexperiencia. El público no estaba acostumbrado a ver coches a esa velocidad y no fue consciente del peligro. Los organizadores no tuvieron en cuenta factores que, simplemente, no se imaginaban que pudiesen suceder, no habían organizado antes varias carreras como para prever los diferentes riesgos que se debían minimizar. Las autoridades tampoco sabían dónde se metían al permitir la organización de una prueba semejante.

El propio ministro Émile Combes fue criticado y atacado por haber permitido la celebración de esta carrera, a lo que respondió que simplemente no se imaginaba que los coches pudieran ser tan veloces y que estaba en contra de limitar a los fabricantes de automóviles y que, además, su opinión fue respaldada por el parlamento y el senado.

Tras este desastre, las carreras de coches dejaron de hacerse en carreteras abiertas y empezaron a llevarse a cabo en circuitos, donde los riesgos eran mucho más controlables, al menos para el público, porque los pilotos y mecánicos seguían matándose en cada carrera.

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