Así es Fordlandia, la ciudad que Henry Ford levantó en el Amazonas

Así es Fordlandia, la ciudad que Henry Ford levantó en el Amazonas

Entra a conocer la ciudad que Henry Ford fundó en pleno Amazonas a principios del siglo XX... ¿Sabes qué propósitos tenía? ¿Cómo es Fordlandia actualmente?

Henry Ford fue todo un genio. Un magnífico empresario, magnate, visionario y, por supuesto, uno de los más grandes amantes del automóvil. A él le debemos todo lo bueno que representa la marca del óvalo azul en la automoción y en la sociedad, es decir, muchísimo. Además, la producción en serie de automóviles tal y como la conocemos hoy en día lleva grabada su nombre. No obstante, lo que mucha gente no sabe es que fue también el memorable fundador de una ciudad en Brasil. Fordlandia se levantó a órdenes de Ford en 1928. Allí, en pleno enclave amazónico, junto al río Tapajós (afluente del Amazonas) y entre las ciudades Santarem y Belem, pretendía crear un paraíso de más de 20.000 hectáreas, pero… ¿qué le despertaba tal aspiración?

¿Cuántos Ford Mustang cabalgan por el mundo?

Fordlandia, ¿el paraíso del caucho?

Las ventas disparatadas que la Ford Motor Company empezó a registrar con el modelo T en la segunda y tercera década del siglo XX hizo pensar a su patrón en la necesidad de construir una plantación de Heveas para obtener caucho propio, de forma que satisficiera su demanda y luchara contra el monopolio británico. El concepto, en cuanto a negocio y progreso, parecía perfecto. También aparentaba ser una buena oferta para los empleados que se mudaran desde Míchigan: podrían disfrutar de sueldo doble, club social, cine al aire libre, hospital (diseñado por Albert Kahn), campo de golf y, en resumen, un estilo de vida acorde al estadounidense.

Una estatua de un hombre obteniendo caucho decora Fordlandia. (NY TIMES)
Una estatua de un hombre obteniendo caucho decora Fordlandia. (NY TIMES)
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Los obstáculos del proyecto Fordlandia

Sin embargo, una serie de errores y dificultades torcieron los idílicos planes de Ford. La jornada laboral, pensada para trabajar en las oficinas de Detroit y no con el tremendo calor de la zona, sofocaba incesantemente a los trabajadores. La desapacible tierra y la inexperiencia de los agricultores daban como resultado un fruto nada provechoso. A todo ello se sumaban las exigencias de un Ford nervioso por las secuelas y decidido a triunfar: se dispuso a intervenir con mano dura sobre ciertos aspectos relacionados con la indumentaria y el estilo de vida de los empleados, algo que no gustó nada a los autóctonos, que acabaron por rebelarse. Tampoco los norteamericanos desplazados terminaban de adaptarse a las duras condiciones… Cuando parecía que nada podía ir a peor, aparecieron los obstáculos que remataron el gran proyecto de Fordlandia.

Los hechos de que durante la Segunda Guerra Mundial el caucho sintético dejara completamente obsoleto el caucho natural y de que la malaria, propiciada por el clima y la humedad del entorno selvático, proliferara entre los habitantes de Fordlandia terminaron por firmar la sentencia de muerte del propósito de Ford, que terminó traspasando el dominio al Gobierno de Brasil en el año 45.

En la actualidad, todo aquel que vea fotografías de Fordlandia o visite el lugar in situ creerá que es una ciudad fantasma. Nada más lejos de la realidad. Unas 2.000 personas -entre agricultores, buscadores de oro y descendientes de los trabajadores originarios- conviven en las ruinas que un día erigió uno de los más grandes empresarios de la historia, un Henry Ford que nunca llegó a conocer su utópico edén. Sus temores hacia las tan comunes enfermedades de la comarca se lo impidieron.

Fotos: New York Times (Bryan Denton)

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