Mini Cooper D / Volvo C30 1.6 D

22 Abril, 2008, modificada el 24 Enero, 2011 por

Además de cuatro plazas y un motor turbodiésel de origen Ford/PSA, estos dos caprichosos modelos tiene en común un diseño que condiciona la compra por encima de todo.

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Más información en Hoymotor16, número 1280


La estética, el diseño, es, conforme a las estadísticas, uno de los factores primordiales para decidir la compra de un automóvil, sea del tipo que sea. Sin embargo, hay casos en los que esta parcela cobra mayor relevancia. Sucede, por ejemplo, con el Mini, un acertado «remake» del coche de los 50 que ha causado sensación en medio mundo.


Tanto es así que, a estas alturas, las ventas de la marca, refundada por el grupo BMW, superan holgadamente el millón de unidades a nivel global. Hay quien opina que su relevo será difícil porque, hasta cierto punto, se trata de un coche único.

    En marcha

    Como además el tacto es muy agradable, y el voluntarioso motor apenas se oye, la conducción resulta relajada y placentera tanto en ciudad como en carretera.


    En el último entorno, nuestros protagonistas se defienden de cine, pero con matices. El Mini es ágil y ratonero como pocos, muy incisivo a partir de una rápida dirección que sólo necesita 2,4 vueltas para llevar las ruedas de un extremo a otro.


    Sin embargo, la combinación de suspensión Sport –195 euros– con llantas de 17 pulgadas y gomas 205/45, todo opcional y montado en nuestra unidad de pruebas, remite a tiempos no lejanos en los que el Mini arrancaba empastes. En ciudad, de cine; pero en carreteras secundarias sigue exigiendo buen asfalto para no acabar hasta el gorro de él.


    Esto no pasa en el Volvo C30, sustentado sobre la base del Ford Focus, de nuevo con ejes independientes y de excelentes pisada y aplomo generales. De acuerdo: no es tan ratonero, pero en la práctica, hasta enlazando curvas, su movimiento no anda lejos y es sensiblemente más cómodo, aún sobre suelo descarnado.

    prestaciones

    Mecánicamente, nuestros protagonistas se sirven del mismo motor aunque, lógicamente, con reglajes propios. Hablamos del 1.6 turbodiésel fabricado por Ford Motor Company y PSA Peugeot Citroën, común a multitud de modelos y equipado con «common rail» a 1.600 bares, turbo variable, 16 válvulas e intercooler.


    Al Mini, que suma «Start&Stop», función que detiene el motor en los semáforos para ahorrar combustible y emisiones –un botón anula este modo–, le permite un andar solvente, pero no deportivo como sugiere su apellido Cooper. Lo mejor, el gasto: una media real de 4,9 l/100 km parece de risa con el precio del crudo por las nubes.


    Ideal para los que completen 20.000 km/año, consagra una alegría ausente del anterior Mini diésel con motor Toyota. Y es que sus 110 CV se alían con un preciso cambio de 6 marchas que le saca partido y también con la función «overboost», que sube el par de 24,5 a 26,5 mkg acelerando a fondo, por ejemplo, al adelantar.


    Así, depacha esta maniobra en 8,6 segundos cuando viajamos con la cuarta engranada, bastante bien. Otra historia es llevar metida la quinta, en cuyo caso el tiempo se va a 11,6 segundos y a nada menos que a 17,6 si lo intentamos en sexta. A todo ello, logra un tope de 195 km/h y un paso de 0 a 100 km/h notable: diez segundos. De paso es progresivo, sin baches de potencia y con una entrega de fuerza lineal. Eso sí, en el Mini, al ir el motor tan cerca del habitáculo, se deja sentir, sobre todo en frío.


    Curioso, porque de hecho es uno de los propulsores más silenciosos de su tipo, como demuestra alojado en el vano motor del C30. En el sueco, 208 kilos más pesado, se liga a un cambio manual de cinco marchas, bien escalonadas y guiadas, y aunque consumo –6,1 l/100 km– y prestaciones salen peor parados, no debemos pensar en un modelo torpe, que no lo es. De hecho, supera adelantamientos en 10,5 y 13,4 segundos en cuarta y quinta velocidad, respectivamente.

    Interior y maletero

    En todo caso, insistimos, el secreto de su éxito reside en un diseño que entra por los ojos, compacto, musculoso y hasta deportivo, sobre todo si calza llantas de aleación de 17 pulgadas, opcionales en todos los casos salvo en el enérgico Cooper S. Y también en una calidad «made in BMW». A partir de ahí, su clientela parece dispuesta a perdonar unas plazas traseras que apenas admiten chavales en un viaje, un maletero casi inexistente en el que ya podemos olvidarnos de meter una maleta que no sea un portafolios.


    Tampoco sobra sitio en el rival que le acompaña en esta comparativa, el Volvo C30, aunque añade centímetros en el hueco para las piernas de los pasajeros traseros, que se dejan notar, y mucho. El sueco también supone, en gran medida, la actualización de un legendario vehículo de la marca: el coupé 480. Aquel lucía faros escamoteables y en éste son fijos, pero, por ejemplo, la zaga lucía un portón íntegramente fabricado en vidrio, como el C30.


    Lo esbelto de su carrocería y unos acentuados pontones posteriores dan lugar a un habitáculo exclusivamente homologado para cuatro; eso sí, con asientos traseros aptos para adultos, ligeramente centrados para favorecer la visión de marcha.


    Lo decíamos al principio: un valor tan subjetivo como el diseño juega a favor del Mini Cooper, por muchos obstáculos que arrastre su atractivo envoltorio. Las ventas cantan y, además, le confieren un elevado valor residual. Dando por hecho que el Volvo C30 sea algo menos caprichoso, su exclusividad está fuera de dudas y es un automóvil que, aún con lagunas, hará más placentero el uso cotidano por no mucho más dinero. 

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