Bentley Brooklands

20 Junio, 2008, modificada el 24 Enero, 2011 por

El Brooklands tiene el pedigrí deportivo de Bentley forjado por las hazañas de los inmortales «Bentley Boys» en el famoso circuito de Brooklands en los años 20. Hecho a mano, el cupé inglés captura el esplendor de aquella era.

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Más información en Hoymotor16, número 1287


El cielo descarga agua como en tiempos de Noé. Madrid es un auténtico caos en una de esas tardes de finales de mayo en las que uno no sabe si ponerse un abrigo, un chubasquero o un polo de manga corta, pero dentro del Brooklands el tráfico se ve a través de un filtro de opulencia y despliegue inusuales incluso en la limusina alemana más cuidada.


El conductor y sus tres acompañantes viajan rodeados de cuero, maderas nobles y cromados en un coupé por el que se ha tenido que pagar lo que cuesta un piso de 75 m2 con jardín y piscina. En concreto 390.000 euros que se pueden convertir en medio millón con una facilidad pasmosa a base de minucias, como el minibar, el cuero de dios sabe qué animal exótico, la madera del árbol más codiciado o el cromado más artesanal. No señores, este no es cualquier coche. Bentley no puede bajar la guardia y menos de la mano de Volkswagen, que además de lanzar modelos más modernos técnicamente mantiene una línea de «coleccionista» con joyas como este Brooklands derivado del descapotable Azure.


Delante, ruge más que suena un V8 a la antigua usanza, que cubica nada menos que 6,75 litros de cilindrada y eroga 530 CV gracias a la sobrealimentación de dos turbos de baja inercia. Ni que decir tiene que el control de estabilidad ESP tiene un sobresueldo por trabajar horas extras, sobre todo, en mojado, porque la potencia se transmite al suelo a través de las ruedas traseras y la fuerza entregada cuando se pisa el pedal derecho es descomunal. La aceleración asusta, más por la sensación de que semejante misil no va a parar cuando queramos sino cuando él crea conveniente. Pero no, la calidad y eficacia de la frenada no se han dejado de lado y el coupé inglés se detiene como si hubiésemos echado un ancla. Menos mal, porque el Bentley probado se pone casi a 300 km/h en un suspiro y las inercias generadas por las más de 2,5 toneladas que pesa el conjunto no son fáciles de compensar. Afortunadamente, el Bentley más exótico incorpora suspensión regulable que compensa en parte el desmadre que provoca un par de 1.050 Nm (un Porsche 911 Turbo eroga 620 Nm).


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El cambio Tiptronic de seis velocidades con función Sport y carril secuencial es otra concesión a la tecnología, aunque para rizar el rizo le faltan levas en el volante. De todas formas, hay contrastes inexplicables como que, por un lado, se realice un despliegue increíble, como la tecla que baja a la vez las cuatro ventanillas, el cuadro digital que informa hasta de cuándo un asiento no está bien fijado, el botón de arranque de moda o el tirador doble para que los pasajeros de las plazas traseras lleguen a abrir desde atrás.


Sin embargo, comprobamos con estupor que la antena es de varilla, el volante sólo se regula en altura, los limpiaparabrisas no se activan solos, el freno de estacionamiento es de pedal y la tapa del maletero no ofrece cierre automático, por lo que hay que mancharse las manos para cerrar. Puede que sea el chófer el que se las manche, pero una lástima en cualquier caso, porque será él quien disfrute normalmente al volante.

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