Audi R8

30 Octubre, 2007, modificada el 24 Enero, 2011 por

Audi puso a nuestra disposición los R8 de su escuela de conducción en el circuito del Jarama y durante una intensa jornada pudimos exprimir al límite el potencial del súper deportivo de los cuatro aros.

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30/10/2007— Carlos Lera

Audi puso a nuestra disposición los R8 de su escuela de conducción en el circuito del Jarama y durante una intensa jornada pudimos exprimir al límite el potencial del súper deportivo de los cuatro aros.

No se trataba de una prueba cualquiera. Muchos de los periodistas convocados íbamos calzados con para la ocasión en previsión del tipo de coche y el entorno en el que nos encontrábamos. Junto a nosotros, los monitores de la Escuela de Conducción de Audi -entre ellos el piloto oficial de SEAT en el Mundial de Turismos, Jordi Gené– vaticinaban que les iba a costar sujetarnos en la pista cuando apretásemos el ritmo con los R8, a pesar de que ellos tampoco iban mal dotados, con rapidísimos Audi RS4 dotados de motores muy similares y con idéntica potencia… Me mostré bastante escéptico a priori, habida cuenta de la enorme diferencia en el nivel de conducción de un piloto en activo del máximo nivel frente a muchos de nosotros, a años luz en técnica y confianza al límite. Sin embargo la pista iba a demostrar la eficacia del R8 frente a un rival tan respetable como un RS4.


Tras las instrucciones previas de rigor nos dirigimos impacientes hasta los coches, aparcados en ordenadas filas de a cuatro tras el vehículo de cada monitor. Yo ya había subido en algún R8…  pero no lo había puesto en marcha. La sensación de girar la llave y sentir el poderoso rugido de los escapes me metió de lleno en el ambiente de un súper deportivo. El V8 rugía como un león y al mínimo roce sobre el acelerador subía un par de octavas y unos cuantos decibelios de forma casi instantánea, con esa querencia a coger vueltas que sólo los motores pensados para ofrecer altas prestaciones son capaces de trasmitir. El sonido no obstante venía del exterior con las ventanillas bajadas. Pese a tener el motor pegado a la chepa la insonorización interior resulta magnífica.


Ante mí tenía un salpicadero muy moderno, sin demasiados relojes pero con toda la información necesaria a mano. A un lado el cuentarrevoluciones y al otro el cuentakilómetros en gran tamaño, flanqueados respectivamente por el termómetro del aceite y el voltímetro. Justo frente a la vista, entre los grandes relojes, una pantalla multifuncional indicando el dato elegido de la computadora (en los coches dotados con cambio secuencial R-Tronic se muestra además la marcha engranada) y sobre ella la temperatura del refrigerante y el aforo de combustible. Entre los deportivos pero cómodos asientos se sitúa la palanca de cambio, que en los coches manuales cuenta con una preciosa rejilla metálica que marca los recorridos mientras que en las unidades equipadas con cambio secuencial el aspecto es más convencional, aunque igualmente atractivo porque toda la palanca está realizada en aluminio. A la hora de sacar todo el partido a la rapidez de la caja de cambios, la evocadora rejilla cromada no es ninguna ventaja. Es incómoda porque la palanca -también metálica- roza ruidosamente con ella y a falta de hacer muchos kilómetros con el coche y lograr una mayor adaptación tanto el compañero que me acompañaba en el coche como yo, alternándonos al volante, fallamos varios cambios por chocar contra las exigentes guías. En cualquier caso la precisión y rapidez del cambio es fabulosa (obviando la rejilla, estética pero desafortunada), mientras que el embrague no es ni brusco ni pesado, como suele suceder en coches de este potencial.

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