Aston Martin V8 Vantage Roadster

2 Abril, 2007, modificada el 11 Enero, 2011 por

La nueva criatura de la firma de Gaydon es uno de esos sueños tangible… para unos pocos

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La nueva criatura de la firma de Gaydon es uno de esos sueños tangibles… para unos pocos. Y es que los 132.450 euros de su factura básica, a los que habrá que sumar unos cuantos más para añadir dispositivos casi imprescindibles, como los faros de xenón -785 euros-, las llantas de 19 pulgadas –cuestan entre 1.575 y 2.305 euros, pues de serie apareja otras de 18–, los asientos térmicos -455 euros- y con memoria –otros 455 euros–, el deflector de aire -630 euros- o el magnífico cambio robotizado Sporthshift de seis marchas –de serie trae una caja manual Graziano de tacto y guiados convincentes–, tan recomendable como caro -5.000 euros más–, no están al alcance de cualquiera.


De todos modos, el común de los mortales podemos deleitarnos con su presencia y sus virtudes, que son muchas. Derivado del V8 Vantage cerrado o coupé, disfruta de una capota de lona de gran ejecución –por dentro forrada en Alcántara de extremo a extremo–, que procura mucho hermetismo y se mueve en 18 segundos pulsando un botón del cuadro. Ya plegada, se oculta en un cofre específico cubierto por un capó de doble «joroba», al más puro estilo roadster. Precisamente, el coche se distingue de otros descapotables de la marca por su nombre, Roadster y no Volante, éste asociado a otros GT tipo DB9 destinados a clientes de mayor edad.


Como es lógico, el V8 Vantage Roadster añade refuerzos de bastidor que compensan, en materia de rigidez torsional y a la flexión, la ausencia de una cobertura fija. Incrementan el peso hasta acariciar 1,8 toneladas en orden de marcha, pero procuran una innegable robustez general; por cierto, casi idéntica a la del coupé. El conjunto, con un habitáculo artesanal recubierto de cuero y de excelente ejecución, ha sido plasmado en materiales de vanguardia, como el acero de alta resistencia, el aluminio o el magnesio. Y así depara sensaciones de marcha impecables: se siente tan sólido como los mejores, arquitectónicamente bien construido.


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Es, de paso, muy ágil, incluso en carreteras reviradas, y se desplaza como un bloque en rápidos cambios de apoyo, sin fisuras, frenando con mordacidad –discos de 355 y 330 milímetros, junto a repartidor y asistente de emergencia–, y con tanta rapidez como precisión en lo que toca a la dirección –con tres vueltas entre topes, informa milimétricamente de la trazada–. En otras palabras, una joya de tintes germanos –país donde se ensambla– que poco, o más bien nada, envidia en ésta y otras parcelas a rivales de rango, como el Porsche 911 Carrera S Cabrio –109.670 euros–. Y es que el Aston Martin V8 Vantage Roadster es un automóvil abiertamente deportivo, animado por una mecánica atmosférica V8 de 380 CV, todo fuerza y de musculoso sonido, que le permite barrer el paso hasta 100 km/h en cinco segundos, alcanzando un tope de 280 km/h.


Y además con facilidad: a ritmo rápido, su conducción no reviste trabas, entre otras razones por la posición delantera del motor, situado tras el eje frontal para centrar pesos, y su notable motricidad, incluso sobre firmes deslizantes. También para equilibrar masas en suspensión el cambio se acopla al tren posterior, que lógicamente es el encargado de pasar la potencia al suelo. Controles de tracción y estabilidad bien calibrados y unas suspensiones afinadas hacen el resto en materia dinámica. Otro parabien: nunca resulta seco o rebotón, sino todo lo contrario, pues alardea de una notable progresividad. Como es lógico, el V8 Vantage Roadster, que presume de habitabilidad interior y de una posición de conducción que roza el diez, tiene sus «lagunas». Sin ir más lejos, a coche cubierto la visibilidad tres cuartos trasera es casi nula.


Tampoco sobra un milímetro en un maletero que, con sólo 144 litros, apenas da para los enseres de una pareja en una escapada de fin de semana. Además, a la marca le quedan por depurar detalles de orden menor que, según parece, estarán listos en las unidades definitivas. Hablamos de una llave que recuerda a la de los Ford de hace veinte años o de un retrovisor interior de la misma época y categoría. Pero ni de lejos son matices que ensombrecen un producto de solera, envuelto por una exclusividad casi sin rival.

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