Alonso luce galones de favorito para reeditar el título en su último año con Renault

En la Fórmula 1, quizá el deporte más complejo del mundo, los intereses, las intrigas y el dinero añaden alicientes a la competición pura.

En la Fórmula 1, quizá el deporte más complejo del mundo, los intereses, las intrigas y el dinero añaden alicientes a la competición pura.

Nada es lo que parece en la Fórmula 1. Un escaparate multinacional, su oropel de lujo y sofisticación, su fulgor mediático, sus miles de tentáculos comerciales con vistas al exterior de los circuitos, y su mundo subterráneo, sus secretos llevados al extremo, su caparazón proteccionista por dentro. “Nadie sabe nada y la gente habla como si hubiera inventado la penicilina”, advierte Adrián Campos, ex piloto, propietario de una escudería en la GP2 (la segunda división) y antiguo mánager de Fernando Alonso. Un mundo lleno de fetiches propios, de frases acuñadas a lo largo de años, en el que el piloto asturiano ha dejado para las hemerotecas una de las mejores sentencias que se recuerdan. “Si quieres un amigo en la Fórmula 1, cómprate un perro”.


 


Un pensamiento que viene al hilo para comprender el tipo de temporada que le espera al campeón del mundo en 2005. Convertido en el fenómeno deportivo más insólito en España, al haber transformado un espectáculo casi clandestino en el tema de conversación de las panaderías, aclamado como un personaje y situado en la diana de los 18 circuitos que esperan de Bahrein a Brasil para sus adversarios, Alonso tiró por la calle de en medio al anunciar su fichaje por McLaren, el rival de Renault, el equipo que le pagará hasta el próximo diciembre. En un mundo fariseo, según corroboran sus protagonistas, él fue sincero. En vez de callar y aguantar doce meses dando largas cambiadas a la prensa y los patrocinadores, expuso la realidad.


Había firmado por tres años con la escudería de Ron Dennis, en una elección para poner en la balanza del dilema de cualquier trabajador. De un lado, tres años de contrato con uno de los mejores equipos del mundo a razón, dicen, de 14 millones de euros cada uno; y del otro, la incertidumbre de Renault, su casa durante cinco años que no le garantizaba ni tiempo ni dinero. A partir de esa declaración, que provocó confusión, cientos de comentarios y páginas, cascadas de movimientos y dinero flotante, el deportista español más impactante desde la época de Miguel Induráin se dispone a renovar su corona de campeón.


 


Esconder secretos


Otra advertencia en boca de cualquier integrante del mundillo. “Si va bien en las primeras carreras, podrá renovar el título. Si no, Renault le esconderá sus secretos a mitad de temporada. No va a dar pistas al enemigo”. Un acepción simple que choca con otra realidad. Alonso es el campeón, el que ha demostrado talento y carácter. Y no Fisichella, su compañero italiano que promete un salto de calidad en su rendimiento. El español es, por tanto, llave de futuro para Renault, una marca que se debate entre interpretaciones de sí o no sobre su continuidad en la Fórmula 1.


 


El sobreentendido se acepta como una verdad intangible. Si Alonso no funciona en el primer tramo del campeonato, lo pasará mal. La pregunta se vuelve por pasiva. ¿Y por qué había de funcionar mal si fue el número uno el año pasado? Sólo si el coche replica a la baja, el piloto empezará a sentir sudores fríos. Y tal vez ni eso, porque sólo será una mala temporada con el futuro asegurado.


 


Fernando Alonso no concibe competir sin pelear. Así entiende el deporte y su vida cotidiana. Lucha por no perder contra la máquina cuando se reta en la ‘play’, por dejar sin cartas a sus adversarios de mesa cuando se desafían a la pocha, y por ser el primero en cruzar la bandera a cuadros en cualquier circuito del mundo. “Si un día no tiene un coche competitivo para correr en Fórmula 1, lo dejará y se irá a su casa. Tenga la edad que tenga”, asegura convencido su mánager, Luis García Abad.


 


Ese es el espíritu Alonso. Intransigente con la victoria a la vista. Hace unos días explicó su elección por McLaren. “Cuando no tienen el mejor coche, son capaces de ganar carreras. Y cuando lo tienen, arrasan”. En 2007 se adivinan días de vino y rosas para la escudería de Ron Dennis. Contará con un patrocinador de primera fila que ha abandonado a Ferrari (Vodafone) y con el actual campeón del mundo. Alonso se ciñe a la única verdad que parece regir la Fórmula 1. Los contratos. “No tengo ni idea de lo que quieren hacer en Telefónica en el futuro. No es mi problema. Nunca me arrepiento de lo que hago. No me he precipitado. Si hice algo así, fue por algo. Supongo que a Renault le interesará ganar el Mundial. A mí también me interesa”. Tres sentencias elocuentes, directas, del piloto español, que no sólo parece tener las cosas claras con un volante entre las manos, sino también en el enrevesado mundo de los negocios.


“Cuando me bajo del coche, comienzan mis problemas”, aseguró en una entrevista a ABC Pedro Martínez de la Rosa. Una declaración implícita de la dificultad para desentrañar los resortes que se aplican en la Fórmula 1. El caso inverso, el que parece no afectar a Fernando Alonso.


 


 


Magnetismo sin igual


En el laborioso proceso de entronización del campeón, desde que debutó con Minardi en la Fórmula 1 en 2001 cedido por Renault bajo la tutela de Flavio Briatore, Fernando Alonso ha conseguido un magnetismo sin igual entre un determinado público, joven, multidisciplinar, sin miedo a los límites, del que se ha convertido en un referente. En cualquier guardería, instituto, colegio o universidad, Alonso se encuentra al nivel de los principales iconos deportivos, se llamen Ronaldo o su versión mejorada, Ronaldinho. Y seguramente, unos cuantos puntos por encima de Rafael Nadal, Dani Pedrosa o Pau Gasol, los otros fetiches del aficionado español.


 


El público vive fascinado por Alonso. Por su audacia para romper barreras en un mundo prohibido hasta hace nada para España desde cualquier punto de vista. Sus andanzas se cuentan por millones de seguidores en las pantallas de televisión, y ha aflorado una especie desde el ‘sillón-ball’. Los nuevos entendidos en Fórmula 1. Una cuestión que hace sonreír al campeón del mundo, que tiene claro que el negocio es el negocio. ¿Los españoles saben más de F-1?, se le preguntó en Montecarlo. “Algo más”, aseguró el asturiano, que dio la impresión de morderse la lengua en la continuación de la frase. ¿Molesta Rossi en la F-1?, se le inquirió en Madrid. “No, porque si él viene, vendrá más gente a las carreras”, respondió con la calculadora en la mano.


 


El domingo arranca en el archipiélago de Bahrein el Mundial de la convalidación del fenómeno. La ratificación de que Fernando Alonso no es flor de un día, sino un portento del automovilismo, un personaje duradero. Especialistas y público en general han dado forma a la idea que tienen de la temporada, la más comprometida para él por su trasvase de Renault a McLaren. Un sambenito que el asturiano se ha encargado de disipar en declaraciones previas, que comunica convencido a pies juntillas. “La presión la tienen los demás. Yo no tengo ninguna porque ya he ganado un Mundial y he demostrado de lo que soy capaz”.


 


A cuatro bandas


Será el campeonato del retorno al cambio de neumáticos, la especialidad del cronómetro en marcha y los adelantamientos en los boxes. El último año de Michelín, el gigante francés del caucho que compite con Bridgestone y que decide títulos y honores entre ambos. También habrá una modalidad diferente de clasificación para conformar la parrilla, algo así como series eliminatorias.


 


Y será, sobre todo, un duelo en la pista con cuatro favoritos en la salida. Renault, por encima de todos, por la fiabilidad de su monoplaza y, sobre todo, el talento de Fernando Alonso. McLaren, con su bólido cromado en tonos reflectantes y su nómina de fogosos pilotos, Kimi Raikkonen y Juan Pablo Montoya. Ferrari, de capa caída en 2005 y en remonte con evidentes signos de recuperación. Y finalmente Honda, el gigante japonés que ha construido un coche solvente y tan rápido como los demás. Será, en fin, un nuevo duelo de generaciones. Alonso y Raikkonen, entre sí, frente al anunciado y deseado repunte de Michael Schumacher. El siete veces campeón también se juega los garbanzos. Otro fiasco como el del año pasado le entregaría a los leones del abandono y a las cuitas de la escudería que al parecer pretende montar con Volkswagen. Eso sí, siempre por la puerta grande, que nadie ha hecho lo que él desde que comenzó a rodar esta caravana allá por 1950: superar la legendaria figura de Juan Manuel Fangio hasta sumar siete títulos mundiales que podrían perdurar décadas como marca irreductible.

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